Renovables Vs. fósiles: una falsa dicotomía

En las redes sociales y en algunos medios de comunicación se difunden datos que intentan convencernos de que es hora de cambiar las energías fósiles por las renovables. Sin embargo, esta afirmación sin sustento técnico tiende a generar confusión. ¿Por qué las energías renovables pueden hasta hoy ser sólo buenos complementos, pero no la alternativa?

 

En las redes sociales y en algunos medios de comunicación se difunden datos que intentan convencernos de que es hora de cambiar las energías fósiles por las renovables. Sin embargo, esta afirmación sin sustento técnico tiende a generar confusión. ¿Por qué las energías renovables pueden hasta hoy ser sólo buenos complementos, pero no la alternativa?

Constantemente vemos en las redes sociales informaciones, a veces con datos técnicos, que remiten a la posibilidad de reemplazar los combustibles fósiles por fuentes de energía renovables, como en el ejemplo de la imagen que vemos al final de este párrafo. Suelen tener mucha viralidad en la web porque las energías de fuentes renovables son presentadas como algo deseable, en especial por sus bajas o nulas emisiones de gases de invernadero, en especial de dióxido de carbono (CO2).

 

 

Sin embargo, informaciones de este tipo suelen generar ideas erróneas sobre cómo se compone una matriz energética, sobre las posibilidades reales de las energías renovables y, peor aún, pueden llevar a la falsa conclusión de que podemos prescindir hoy de los combustibles fósiles. Porque ni las energías renovables son hoy “la” solución perfecta y definitiva –ya lo veremos- ni las energías fósiles son tan malas. Hagamos un análisis a partir del cartel que ilustra este artículo.

Aquí se muestra que Alemania produce, sólo con aerogeneradores (los molinos para convertir en electricidad la energía de los vientos), lo mismo que genera la Argentina a partir de múltiples fuentes, incluso de combustibles fósiles. La conclusión obvia es “podemos entonces generar toda la electricidad que necesitamos en la Argentina a partir de energía eólica”. Conclusión obvia, pero falsa.

Por empezar, la energía eólica, así como la fotovoltaica (esta última utiliza como fuente la radiación solar) no aseguran fuentes constantes de abastecimiento energético. Si hay luz solar, habrá electricidad. Si hay viento, habrá electricidad. Pero cuando no hay viento o no hay radiación solar, la generación se interrumpe. Como la electricidad que se genera a partir de estas fuentes aún no se puede almacenar masivamente y a costos razonables –no se ha descubierto "la gran pila"-, tanto la eólica como la fotovoltaica se clasifican dentro de las energías “intermitentes”.

El principal problema es que los sistemas de transporte y distribución de electricidad no toleran más de un 20% de aporte de energías intermitentes. ¿Qué hacemos con el otro 80 por ciento de energía que necesitamos?

Tal como pregona la ilustración, es probable y hasta esperable que Alemania, una de las naciones más vanguardistas en lo que hace a energía eólica, produzca tanta electricidad a partir de los vientos, como la Argentina a partir de múltiples fuentes. Alemania, de hecho, es el motor industrial de Europa y en total multiplica varias veces la generación eléctrica de nuestro país. Pero ese número impresionante es apenas el 7,5% de su matriz de generación eléctrica; o sea que sólo el 7,5% de la electricidad que produce el gigante alemán es obtenida a partir de sus vientos. ¿Cómo obtiene el otro 92,5%? Veamos.

Una buena fuente son las tablas que publica el propio Ministerio de Economía y Energía de Alemania. http://www.bmwi.de/BMWi/Redaktion/Binaer/Energiedaten/energiegewinnung-und-energieverbrauch2-primaerenergieverbrauch.xls. Allí empezamos a desenredar la madeja. El 20% de la electricidad que produce Alemania es, efectivamente, a partir de energías renovables. Merece realmente un aplauso. Pero es sólo un 20 por ciento, que está compuesto por: 7,5% eólica; 5,6% quema de biomasa; 3,5% fotovoltaica; 3,3% hidroeléctrica; 0,8% incineración de residuos. ¿Y el otro 80 por ciento? No hay misterio alguno: el otro 80% proviene de fuentes fósiles (petróleo, gas y carbón), más el aporte de sus centrales nucleares.

Pero estamos hablando hasta aquí sólo de la generación eléctrica. La energía que mueve a un país es mucho más que eso. Incluye el combustible para el transporte y también para la industria, por ejemplo. Entonces, tenemos que echar un vistazo también a la matriz energética total.

Utilizando las mismas tablas, vemos que tampoco hay misterio aquí. En primer lugar, la matriz energética de Alemania se compone de un 34,6% de petróleo; un 22,5% de carbón (recordemos que el carbón emite cinco veces más CO2 que el gas natural); un 21,7% de gas natural; un 11% de generación nuclear; otras renovables casi un 9% y, si sumamos la hidroeléctrica más la eólica, tenemos apenas un 1,5 por ciento. Y esta es la verdad. Independientemente del magnífico esfuerzo que haya hecho Alemania con su capacidad de generación eólica instalada, que está entre las más importantes del mundo, para moverse como país utiliza un 80% de combustibles fósiles, un 11% nuclear, y cerca de un 10% de fuentes renovables. Valga el dato, además, de que Alemania es el quinto consumidor mundial de petróleo.

Si ahora analizamos la matriz energética de la Argentina vemos algo parecido en un sentido, y diferente en otro. Nuestra matriz está ampliamente dominada por el gas natural (algo más del 51%), seguida por el petróleo (35%) y por un 9% de renovables (más que nada, hidroeléctrica). A diferencia de Alemania –y de la mayor parte del planeta- no utilizamos carbón (1,5%). Esto es muy bueno y nos habla de una matriz moderna y limpia. Porque, dijimos, el gas natural emite cinco veces menos CO2 a la atmósfera que el carbón, y a eso tenemos que sumarle la creciente eficiencia tecnológica de los motores, que ha permitido reducir drásticamente la emisiones de CO2 de la quema de combustibles fósiles, los últimos años. Entonces, claramente, en el año 2014, energías como la eólica y la fotovoltaica son complementarias a los combustibles fósiles, pero están lejos de ser alternativas.

Y todavía no hemos tocado otras cuestiones, como los costos de la energía (no hay algo más antiecológico que la pobreza). Aún así, ya estamos en condiciones de volver a leer la imagen que precede esta nota para plantearnos, por lo menos –y vale la pena hacerlo- cuál de las dos matrices energéticas, si la de Argentina o la de Alemania, es realmente la más limpia.